Columna
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Resucita, Brassens

Era un juglar tan cercano como entendible, irreverente, tierno, salvaje, irreductible. Me describió la vida mejor que nadie

Georges Brassens, en una imagen de archivo.
Georges Brassens, en una imagen de archivo.

Ferreras entrevista de forma tan previsible como conveniente al presidente del Gobierno. Ninguna sorpresa. La sonrisa de plástico y el rollo de siempre. Me queda claro que Angela Merkel es su interlocutora ideal, que lo del brutal precio de la luz está arreglado y que van a hacer el mayor gasto social de la historia. Vale. Entendido. Hablo al día siguiente con dos amigos de izquierdas y uno de derechas. Siempre votan, aunque me aseguran que tapándose la nariz. Pero los tres han pasado ampliamente de observar la entrevista a Pedro Sánchez. Coinciden en que son muy mayores para perder el tiempo. Cumplen con su deber cívico de ir a las urnas, pero su descreimiento de la política es absoluto. Bueno, por algo se empieza. O se termina.

El señor de poblado bigote que me mira desde un enmarcado elepé, con una dedicatoria que dice: “Para Carlos, mis mejores deseos”, y del que también guardo una fotografía al lado de mi cama (como otros se acompañan con imágenes de sus dioses y de sus santos), escribió: “Morir por las ideas. Muramos, de acuerdo. Pero de muerte lenta”. Se cumple el centenario de su nacimiento. Se llamaba Georges Brassens. Era un juglar tan cercano como entendible, irreverente, tierno, salvaje, irreductible. Me describió la vida mejor que nadie. Haciéndome sonreír, reír y dudar. Conmoviéndome. Escribió de la muerte en su bellísima canción Súplica para ser enterrado en la playa de Sete. Pero también bromeó con ella en alguna ocasión: “Morir no es tan grave. Ya no me dolerán las muelas”.

El vitriolo, la heterodoxia, la carcajada y la comprensión fueron sus armas. Hoy día lo tendrían muy crudo las canciones de Brassens ante la nueva Inquisición, ante la grimosa policía del pensamiento. Cómo le añoramos. Bendito sea usted.

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